Te escribo todos los días mínimo una carta que te mando por correo certificado a una dirección falsa para que no la veas pero la sientas. Porque el proceso de recibir una carta comienza cuando apareces en la cabeza de alguien que llora por ti al otro lado del mundo. O tal vez, digámoslo, no llora por ti sino en realidad por las cosas que quería tener para sí misma y no pudo porque Dios no es tan benevolente y si tuviéramos siempre todo lo que quisiéramos lo tendríamos todo excepto una atadura con la tierra, con el planeta tierra y con el suelo y los gusanos que se revuelcan húmedos debajo de las capas de cemento, caliza y arcilla. Y si no nos atamos con la tierra no hay por donde saber defenderse de los errores, cuando todo salga mal (todo va a salir mal) al menos vamos a poder decir que hicimos lo que pudimos. Si me tapo los ojos, ¿Qué me queda por defender? la ciencia es mi único aliado al momento del juicio. Entonces me levanto de la poltrona ejerciendo un par de tosidos victimizantes, aletargada, y abro la puerta esperando que sea breve porque aletargada y con frío, peor. Y me encuentro con la persona que vive en la dirección falsa a la que mando las cartas porque no era tu dirección pero sí era la de alguien, una persona de baja estatura, enojada por defecto, es un niño, o por lo menos es más joven que yo, y yo hace nada era un niño y no hubieron puntos intermedios. Trae una cara preocupada.

No queda sémola con leche. Hace meses revolvía, con la cabeza partida escribiendo una carta con la mente, midiendo azúcar, quemándome la boca, escribiendo en lápiz y papel, si es tu postre favorito o lo inventaste para aceptar el cariño, mi insistencia, ahora también es un recuerdo y una excusa y algo de donde agarrarse, una textura y un olor en el mundo material. Parece sincero, no estoy en condiciones de discernir. Me pasa una bolsa que pesa lo que la mercadería de tres meses. Lo que escribo pesa más que lo que como. Le digo que no las quiero, que por algo las mandé, que por favor, que no las quiero. 

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